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Mitad de semana

Mitad de semana
‎Y como todos los días
‎salgo de casa
‎con el cuerpo adelantado al tiempo
‎y el alma un poco atrás.
‎Otro día más en lo cotidiano,
‎apresurada, sin esperanzas,
‎como quien ya conoce el camino
‎pero no el destino.
‎Miro hacia abajo…
‎y encuentro una moneda,
‎pequeña, silenciosa,
‎como si la vida me guiñara un ojo
‎sin decir nada.
‎Sigo caminando
‎y una señora mayor, desconocida,
‎me regala un saludo
‎tan simple
‎que se queda a vivir en mi memoria.
‎Dicen que el tiempo no se detiene,
‎aunque pasen varios lunes…
‎pero hoy no es lunes,
‎es mitad de semana,
‎y aun así
‎pesa lo mismo.
‎Cumplo con mis deberes,
‎como siempre,
‎como todos,
‎como si el mundo no esperara
‎a que yo me sienta lista.
‎Salgo un momento,
‎entrego lo pendiente,
‎regreso…
‎y la rutina me recibe
‎con los mismos brazos de siempre.
‎Pero entonces llegan ellos:
‎mi hermano,
‎mi cuñada con el almuerzo,
‎mis sobrinos con su ruido de vida.
‎Y por un instante
‎todo deja de ser automático.
‎Compartimos la mesa,
‎el tiempo,
‎la risa sencilla
‎de lo que no se planea.
‎Las horas pasan
‎y volvemos a lo nuestro,
‎como si nada,
‎como si todo.
‎La tarde cae
‎y con ella llegan problemas ajenos,
‎clientes antiguos,
‎historias que piden solución…
‎y nosotros,
‎resolviendo,
‎como si también pudiéramos
‎arreglar lo que sentimos.
‎Y cuando el día se apaga,
‎me voy.
‎Pero no a descansar,
‎no todavía.
‎Voy a verla,
‎a mi madrina,
‎postrada en una cama,
‎con el tiempo detenido en su cuerpo.
‎Hablamos,
‎dos horas que pesan distinto,
‎dos horas que no son rutina,
‎dos horas que sí importan.
‎Y al despedirme
‎prometo volver el domingo…
‎como si las promesas
‎pudieran detener lo inevitable.
‎Y así termina mi día,
‎mitad de semana,
‎mitad de todo,
‎entre lo que hago por obligación
‎y lo que me recuerda
‎que sigo sintiendo.


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