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Morir con vos.

Morir con vos.
Señor…
todavía me duele acordarme
de cuando dije que no te conocía.
Lo dije con miedo, con la voz rota,
y cada vez que lo repito por dentro
siento que algo se me clava en el pecho.
No fue solo negarte.
Fue fallarme a mí mismo.
Cuando crucé tu mirada
no hubo gritos,
no hubo reproches,
pero fue peor:
me viste tal como era
y no pude sostenerlo.

Salí corriendo.
Lloré.
Me escondí en mi vergüenza.
Quise volver atrás,
a lo de antes,
al mar, a las redes,
a hacer de cuenta que tu llamado
había sido un sueño
y no una vida entera nueva.
Pero ni siquiera ahí encontré paz.
Pescaba toda la noche
y volvía con las manos vacías.
Ocupado, sí.
Lleno, no.
Porque sin Vos
todo pesa
y nada alcanza.

Y entonces apareciste.
En la orilla.
Con fuego encendido.
Con pan listo.
Como si nada estuviera roto.
Y tu voz…
la misma de siempre:
“Vengan, coman.”
Jesús,
todavía no entiendo
cómo podés invitarme a tu mesa
después de lo que hice.
Yo fui el que juró lealtad
y después se escondió.
El que prometió morir con Vos
y salió corriendo para salvarse solo.
Y aun así
no me llamaste traidor.
No me expusiste.
No me humillaste.
Me diste pan.
Me diste calor.
Me trataste como amigo
otra vez.

Ahí entendí
que tu gracia es más grande
que mi vergüenza.
Que la resurrección
no fue solo vencer la muerte,
sino levantar también
mis fracasos.
Jesús,
si me volvés a preguntar si te amo,
aunque me tiemble la voz,
aunque mi pasado grite lo contrario,
voy a decir que sí.
No porque sea fuerte,
sino porque aun roto
mi corazón sigue siendo tuyo.
Y si todavía me elegís,
si todavía confiás en mí,
quiero cuidar lo que es tuyo.
Quiero seguirte.
Quiero que mi vida entera
sea el “sí”
que no supe darte aquella noche.
Morir con vos.