NUNCA ES TARDE PARA VOLVER A REENCONTRARNOS
No está de más decirte:
no fue tu partida
lo que más dolió,
sino tu risa
clavada en la puerta al irte.
No quise herirte.
Elegí herirme yo,
quieto,
como quien pierde sin ruido.
Pero ganas no me faltaron
de abrirte la cabeza,
rescatar lo que fuimos,
ponértelo en las manos
y decirte:
mírate…
aún me amas.
Y sí,
lo logré.
Un poco de ausencia,
lejanía
y tiempo.
J