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Nunca fui uno Desde que abrí los ojos ya era deuda, no cuerpo, no nombre — era…

Nunca fui uno

Desde que abrí los ojos ya era deuda, no cuerpo, no nombre — era hijo. Alguien que debía existir para que otros dijeran «aquí está».

Luego fui hermano, el eslabón que une dos historias sin pedirlo, el comparativo silencioso de una mesa donde nunca se come solo.

Después amigo, el que elige y el que es elegido, el que se queda y el que se va, siempre mitad de una conversación que no empecé.

Nunca fui uno. Siempre fui relación, conjugación, verbo que solo existe con complemento. El «yo» es mentira que nos contamos para no ver el vacío del espejo cuando nadie mira.

¿Quién soy cuando no soy para alguien? ¿Qué queda del personaje cuando el teatro cierra?

Solo este cuerpo que alquila roles, que paga el alquiler de existir siendo siempre otro, nunca el inquilino de sí mismo.

Y al final, si hay final, seré cadáver — sí, pero de alguien — el que lloran, el que recuerdan, el que ya no es, pero sigue siendo suyo .

Nunca fui uno. Quizás por eso escribo: para que en estas líneas, al menos, parezca entero.