I

OJALÁ

OJALÁ
No me mires.
hay en tus ojos
una promesa que no supiste cumplir
y aún así brilla
como si la mentira mereciera luz.

he cerrado mi cuerpo
como se cierra un poema incompleto.
mi corazón es un cajón
rebalsado de promesas muertas
—cadáveres con moño,
palabras que ya no saben pronunciarse
sin pudrir el aire—.

¿para qué lloras ahora?
¿por qué vistes el ropaje de víctima
como si el daño no tuviera autor?
si fuiste vos.
fuiste vos quien me nombró en voz baja
mientras me empujaba al silencio.

ojalá —y lo digo sin rencor,
con la dulzura desesperada
de quien ha perdido el canto—
ojalá ardas.
bajo lluvia ácida,
que se deshaga tu piel como se deshicieron mis sueños
cuando los pisaste con tus pasos de dios falso.

ojalá supliques,
pero no a mí.
porque yo me habré ido
con mi lengua rota
y mi cuerpo ya sin nombre,
me habré vuelto golondrina
con alas hechas de ceniza y alcohol,
me habré vuelto algarrobo
florecido.

Ojalá nadie escuche tus gritos,
porque el silencio también es una respuesta,
la misma que vos me diste
cuando me desangraba
por dentro
y vos le ponías perfume a la herida
para no sentirte culpable.

No quiero venganza.
quiero que sepas
lo que es ser yo
cuando te fuiste.

Ojalá.
porque aún en la amargura
te regalo este poema
para que sepas que doler también es amar,
pero amar no siempre salva.

Ojalá.