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Pensamientos incautos

Pensamientos incautos

Un vacío invade mi tormentoso corazón,

un vacío que late más fuerte que yo.

Es un hueco que no se llena ni con el parche de amor más grande,

ni con palabras, ni con abrazos, ni con promesas rotas.

Simplemente está ahí,

como una herida que nunca cicatriza

y que cada día encuentra una forma nueva de doler.

No tiene forma, ni nombre, ni límites;

solo existe,

creciendo silencioso como una sombra que se alimenta de mí.

A veces creo que nació el día en que dejé de esperar algo bueno,

o tal vez el día en que entendí que sentir también duele.

Es un hueco sin sentimientos,

pero irónicamente es lo que más me hace sentir.

Es una contradicción viva,

una tortura que late debajo de mi piel.

Ese vacío se formó en el silencio.

En todos esos momentos donde hablé y nadie escuchó,

en todos esos días donde grité hacia adentro

porque hacia afuera nadie estaba realmente ahí.

Mi voz se fue apagando,

se volvió un susurro,

luego un pensamiento,

y después… nada.

No porque no quisiera hablar,

sino porque comprendí que mis palabras nunca encontraron un lugar donde caer.

Por eso decidí callar.

No por valentía,

ni por orgullo,

sino por cansancio.

Porque es agotador luchar contra paredes que no responden,

contra personas que solo oyen cuando les conviene,

contra un mundo que siempre está demasiado ocupado

para notar que me estoy desmoronando.

Al final, a nadie le importa lo que intento expresar.

A nadie le duele lo que a mí me desgarra.

Mi corazón se rompe en silencio,

mi alma se agrieta sin testigos,

y yo sigo aquí,

cargando este abismo que me consume,

sonriendo como si nada,

muriendo un poco cada vez.

Supongo que ese es mi destino:

ser la voz que nadie escucha,

el grito ahogado,

la historia que nunca se cuenta.

Un corazón vacío tratando de no dejar de latir.