Pocos infiernos queman tanto como la memoria. No hablo del fuego real, el de afuera, sino de esa llama que se enciende por dentro, en la mente, cuando recordamos. La memoria no es solo guardar cosas, es un espejo que nos devuelve lo que ya no está, lo bueno y lo malo, lo que nos hizo y lo que nos hirió. Y ahí en ese reflejo constante, reside la verdadera pena. Porque el dolor no es solo lo que pasó, sino el eco que deja, la forma en que lo vivido sigue vivo dentro de nosotros sin descanso. Ese pasado, aunque ya no exista, se convierte en el combustible de un fuego silencioso que nos consume, nos define y a veces nos atrapa. El verdadero infierno, entonces, no es un lugar lejano, sino la cárcel que construimos con nuestros propios recuerdos, la constante presencia de lo que fue y ya no puede ser.
- Dulce desvelo.
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