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¿Por qué no volvemos?

¿Por qué no volvemos?

No, espera. No me respondas todavía. Primero déjame contarte por qué no deberíamos, y luego tú me dices por qué lo haríamos. Si es que lo haríamos. Si es que tienes razones que no sean el aburrimiento, la costumbre, o el miedo a dormir solo los domingos.

Volver no es una opción, Marcos. Es una trampa. Es creer que el pasado se puede descongelar como esas sopas de bolsita que nunca saben a lo que prometen. Tú y yo ya nos comimos esa sopa. Nos quemamos la lengua. Y luego fingimos que estaba buena.

¿Sabes qué me decías cuando te ibas? "Necesito espacio". Espacio. Como si yo fuera un armario abarrotado del que querías deshacerte sin sentirte culpable. Y yo te di espacio. Te di tanto espacio que ahora hay un vacío entre nosotros donde cabe todo lo que no dijimos. Caben tus excusas, mis silencios, y esa noche en la que lloraste en el coche y yo hice como que no veía porque tú odiabas que te vieran vulnerable. Yo también odiaba verte vulnerable, Marcos. Porque cuando te veía vulnerable quería abrazarte, y cuando te abrazaba quería quedarme, y cuando me quedaba recordaba por qué me iba.

¿Por qué no volvemos?

Porque volver es reconocer que estuvimos rotos y que no supimos arreglarnos. Es admitir que el amor no alcanzó. Que nosotros no alcanzamos. Que tú no alcanzaste para mí, o yo no alcancé para ti, o los dos éramos demasiado perezosos para intentarlo en serio. Y la pereza, Marcos, es la forma más honesta de no querer.

Pero aquí estoy, escribiéndote a las tres de la mañana, preguntándome si tú también has calculado la distancia entre tu casa y la mía en horas de sueño perdido. Si también has mirado fotos viejas y has pensado "qué jóvenes éramos", como si la juventud fuera una excusa para ser imbéciles. Lo éramos. Éramos muy jóvenes y muy imbéciles. Y ahora somos menos jóvenes y todavía imbéciles, solo que con más experiencia para disfrazarlo.

¿Por qué no volvemos?

Porque tú sigues siendo tú. Porque yo sigo siendo yo. Porque el problema nunca fue la distancia, ni el timing, ni las circunstancias. El problema fue que tú querías ser amado sin tener que demostrarlo, y yo quería demostrarlo sin saber si era amada. Éramos un espejo roto, Marcos. Cada uno mirando su propia versión distorsionada del otro, creyendo que eso era amor.

Y sin embargo.

Y sin embargo aquí estoy, escribiendo tu nombre. Y sin embargo hay días en los que tu número sigue siendo el primero que quiero marcar cuando algo me asusta. Y sin embargo te soñé la semana pasada y en el sueño no estábamos juntos, solo estábamos en el mismo cuarto, y ya eso me pareció suficiente. Eso me pareció suficiente, Marcos. Eso es lo que has reducido: mi idea de felicidad contigo ya no es besarte, es simplemente no estar sola en la misma habitación donde tú estás.

¿Por qué no volvemos?

No volvemos porque volver sería admitir que estuvimos tan cerca de algo real que duele recordarlo. Porque volver es abrir un cajón que cerré con cinta adhesiva emocional y tú sabes que esa cinta nunca aguanta. Porque volver es preguntarme si esta vez serías diferente, y yo ya no tengo energía para hacerme esa pregunta. La respuesta siempre es no. La gente no cambia, Marcos. Solo aprende a mentir mejor.

Y tú mentías bien. Yo mentía mejor.

¿Por qué no volvemos?

Porque no quiero volver a ser la persona que era contigo. Porque no quiero volver a esperar un mensaje que nunca llega y justificarlo con "está ocupado". Porque no quiero volver a hacerme pequeña para caber en tu vida, ni a hacerte grande para caber en la mía.

Pero sobre todo, no volvemos porque si volvemos y fallamos otra vez, ya no nos quedarán excusas. Y ahora mismo, Marcos, las excusas son lo único que nos queda. Son nuestra herencia. Nuestro patrimonio emocional. Si las perdemos, quedamos desnudos frente a la evidencia de que nosotros, juntos, simplemente no funcionamos.

Y eso duele más que extrañarte.

Así que no, Marcos. No volvemos.

Pero gracias por preguntar. O por no preguntar. Gracias por existir en mi memoria como una pregunta sin respuesta, como un programa de televisión que nadie vio pero que a mí me cambió.

No volvemos.

Pero si alguna vez necesitas que alguien te diga la verdad sin maquillaje, ya sabes dónde no encontrarme.