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Pulso compartido

Pulso compartido

Su calor me envuelve desde el primer contacto,

apretando los brazos, rozando la espalda,

y siento mi pecho acelerarse, temblando un poco,

como si cada latido reconociera el suyo.

Tomar su mano es electricidad pura,

los dedos entrelazados pesan y sostienen,

y los nervios recorren cada centímetro de piel,

una mezcla de emoción y vértigo que no desaparece.

Los besos llegan lentos, intensos,

se sienten en los labios y se expanden por todo el cuerpo,

dejando un temblor suave que atraviesa el pecho,

haciéndome olvidar todo excepto ese instante.

Los abrazos son calor que se adhiere,

que aprieta y sostiene al mismo tiempo,

y en cada roce siento un mundo diminuto

dónde solo existen nuestros cuerpos y respiraciones.

Cada mirada, cada roce de dedos, cada latido,

se convierte en un pulso compartido,

una mezcla de nervios y calma,

un calor que crece y no quiero soltar.