Pulso compartido
Su calor me envuelve desde el primer contacto,
apretando los brazos, rozando la espalda,
y siento mi pecho acelerarse, temblando un poco,
como si cada latido reconociera el suyo.
Tomar su mano es electricidad pura,
los dedos entrelazados pesan y sostienen,
y los nervios recorren cada centímetro de piel,
una mezcla de emoción y vértigo que no desaparece.
Los besos llegan lentos, intensos,
se sienten en los labios y se expanden por todo el cuerpo,
dejando un temblor suave que atraviesa el pecho,
haciéndome olvidar todo excepto ese instante.
Los abrazos son calor que se adhiere,
que aprieta y sostiene al mismo tiempo,
y en cada roce siento un mundo diminuto
dónde solo existen nuestros cuerpos y respiraciones.
Cada mirada, cada roce de dedos, cada latido,
se convierte en un pulso compartido,
una mezcla de nervios y calma,
un calor que crece y no quiero soltar.