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Sanchez Magallanes

Sanchez Magallanes

Referencia a salitre 48 de Quique González editado 23/12/23

Cada vez que pienso en Sánchez Magallanes no pienso en una simple calle o en aquel coronel que nunca dio su vida por los demás, si no fue arrebatada por una bala perdida al azar, pienso en una playa, en sus conchitas de mar y los pies descalzos que ha podido besar, pienso en sus carreteras con baches sin sentido, en los callejones desviados y aquellas avenidas secundarias, pienso en el hotel de una tal Delia, en un par de tenis converse sucios llenos de mugre y rotos, pienso en ese puente, donde a veces te sientes como un pájaro que vuela sin alas, pienso como se cruzan todos los sentidos, pienso en el café barato del mercado y sus ruinas de recuerdos de aquellas tardes donde los años eran un lujos, pienso en mi primer fandango con refresco a la orilla de esa laguna, mientras observaba la parvada de gaviotas flacas y locas tratando de organizarse, cuando pienso en Magallanes su costa del norte, alegre, grande, pienso en la primavera que nos hacía correr hacia aquel patio lleno de duendes dispuestos a jugar con con las canicas robadas, pienso en aquellos otoños y los parpados caídos de los ancianos, pienso en aquel libro de Jaime Sabines y su amor que había en las cartas a su chepita, pienso en esos bellos atardeceres que solo aquellas bahía de apodo “acapulquito” le decían, pienso en una colección de lunas no tan llenas, en una reta de futbol en el barrio, pienso en mi amigos del pasados y en aquella que me tenía desbaratado, pienso un verso de García Montero que decía “Vivir es ir doblando banderas”. Pienso en las bailarinas de la cantina llamada la potranca y ese calor que agobiaba, pienso en sus meseras, en las peluquerías, en la camioneta vieja de los policías borrachos, en el canto fino de los cantantes que se desvían en la iglesia, pienso en ese septiembre, en la hierba mala y su maleza que adornaba mi calle, en la estación de tres patines de la radio y sus incontables mentiras de un sábado por la mañana, en los pelicanos mojados, en los clandestinos destartalados y llenos de moho, en la central camionera de los Ordoñez. Pienso en esa sesión fotos de madrugada de un viernes por la noche, en la montaña rusa de esa pequeña feria y su olor a platanitos fritos, en toda la ropa tendida al sol los domingos por la mañana, en la avionetas que pasaban y los niños correteaban saludando con esmero pero sin respuesta ni gestos, pienso en las noches que se hicieron mañanas tras horas de cervezas caminando por la avenida de Aquiles solitaria en una plena navidad casi olvidada, pienso en un boleto roto de ida a la ciudad de las dos mentiras, en el sol entrando por la ventana, pienso en la guitarra que mi tío dejo olvidada cuando tocaba con sus dedos llenos de cemento, mientras allá afuera un carnaval pasaba. Cuando pienso en Sánchez Magallanes oigo sus pasos en el callejón, al cruzar la calle, al llamar a la puerta al entrar a mi casa. Cuando pienso en Magallanes está distancia no es nada.