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Sangre fría

Sangre fría
Bajo la luna de cobre,
se apaga el monte dormido,
y el viento, galán y pobre,
busca su rastro perdido.
Sobre la cal de la aurora
llora el lirio su amargura,
mientras la sombra traidora
muerde la noche oscura.

Cinco puñales de plata
clavan el pecho del río,
y una guitarra barata
tiembla de miedo y de frío.
Sube el perfume del huerto
con pies de seda y de lino,
sobre el jinete ya muerto
que no encontró su camino.

¡Ay, qué clavel de agonía!
¡Ay, qué relincho de azufre!
La tarde, con sangre fría,
su herida de vidrio sufre.
Verde el olivo y el viento,
verde la voz del lamento,
todo es un mudo tormento
bajo el azul firmamento.

La muerte, parca gitana,
cose con hilos de arena
una mortaja temprana
para la novia sin pena.
Bebió el toro la centella
en la copa del barranco,
y se perdió la doncella
tras un lucero blanco.

El aire muerde los tallos
con sus dientes de granada,
mientras los siete caballos
cruzan la noche cerrada.
Vuelan los ecos del llanto
por el perfil del olvido,
bajo el amargo quebranto
de un corazón malherido.

Y en la torre del desvelo,
donde el silencio se anuda,
cae la sombra del cielo
descalza, pálida y muda.
Guardia Civil de la sombra,
detén tu paso de acero,
que ya la tierra lo nombra
en su rincón escondido.

Ya se apaga la mirada
del que fue sueño y fue roca,
y la luna, amortajada,
pone un beso en su boca.