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Silla de aire.

Silla de aire.

Soy el suelo que pisas con indiferencia,

mi voz, una brizna arrastrada por el huracán.

Soy el eco en la habitación vacía; esa frecuencia que nadie sintoniza

mientras el resto baila en armonía perfecta.

Soy ruido blanco, sonido de fondo,

el zumbido que te obliga a cubrirte los oídos

porque mi nota no es la melodía que buscas,

ni el orden que deseas habitar.

Soy el reloj que marca las horas en un idioma muerto; me miran, pero nadie sabe qué tiempo estoy contando.

La hormiga que trituras sin notar el peso,

la que es devorada por arañas que despojan su ser.

Hay una distancia que no se mide en metros,

sino en el silencio que cae cuando cruzo la puerta.

Lo leo en tus ojos; observo tu alma

y ahí descubro lo que realmente opinas de mí.

Me vendieron un refugio y terminé en una emboscada de silencios.

Tardé mucho tiempo en entender la trampa.

Ahora me siento a la mesa y noto que mi silla es de aire.

De forma irónica, la soledad que siente mi alma es mi única compañera; la única que no se cansa de este peso, ni de estas decepciones que dejan en mi ser el peso de lo que fué.
Silla de aire.