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Sombra de un sueño

Sombra de un sueño
En el vacío de la estancia fría,
donde el tiempo se detiene a escucharte,
flota un eco de palabras mudas
que no se atreven a alcanzarte.

Eres el rastro que dejó la estrella
al hundirse en el mar de la penumbra,
una caricia que el viento dibuja
pero que al tacto jamás se acostumbra.

¿De qué sustancia te formó el destino?
¿De qué reflejo de cristal y escarcha?
Vienes a mí como el perfume leve
de una flor que en el recuerdo se guarda.

Yo te busco en el fondo de las sombras,
en el hueco que el pensamiento olvida,
y hallo solo el latido de un fantasma
que me regala su luz escondida.

No es el abrazo de la carne inerte
lo que mi pecho con afán invoca,
sino el incendio de aquel fuego santo
que nace en el alma y vibra en tu boca.

Eres la escala de una nota grave
que en el órgano del pecho resuena,
un nudo de seda que el alma aprieta
y que, a la vez, de su prisión la suelta.

Si el sol se apagara bajo los montes
y la tierra quedara en paz dormida,
seguiría el rastro de tus pasos lentos
por las sendas de la otra vida.

Porque el amor no es lo que se toca,
ni el verso breve que el papel encierra;
es un puente de gasa y de suspiros
tendido entre el cielo y nuestra tierra.

Eres la duda que mi fe sostiene,
el silencio que otorga la respuesta,
la visión que cruza mis párpados
cuando la noche a morir se presta.

Quédate así, como una idea vaga,
como el aroma de la selva oscura;
que el amor es más puro cuando vive
lejos del mundo y de su amargura.