Suéter de botones
Era como si lo supiera todo.
Tenía una maestría al expresarse, un porte de total elegancia.
Lo primero que noté fueron las luces de su alma, de un ligero color castaño.
El rastro de su esencia yacía recogido. Pero algo se interponía: una barrera que impedía apreciar el panorama completo.
Cálida fue su bienvenida.
Almas colisionando por azar.
Pero el azar es egoísta.
Larga fue la espera.
No comprendía por qué seguía manteniendo aquella muralla tan molesta.
El curso del reloj me daba la razón: aquel ser no solo brillaba por su presencia.
Su velo, tan claro y limpio como sábanas de seda, contrastaba con la sombra que enmarcaba su figura.
El fino contorno de su silueta, la exclusividad de su sonrisa... su esencia destacaba sobre todo lo demás.
Un conocimiento tan vasto, casi como la biblioteca de Alejandría.
Expresiones pretenciosas que me hacían estallar en dopamina.
En mis ruinas resonaba el eco de su refinada oratoria, con timbres sutilmente graves y tintes elegantemente femeninos que rozaban la perfección.
Un día cualquiera se levantaba de su asiento y hacía magia frente a todos.
No, no fue una idealización.
Tomar distancia fue la mejor forma de mantener su aura intacta, aunque a veces creo ser un erizo.
Schopenhauer tenía razón.
Entendí que la barrera no era frialdad, sino una defensa ante el cruel exterior.
No solo brillaba por su mundo, sino que se alzaba como un universo en expansión.
Y egoístamente espero que siga expandiéndose por siempre.
A veces reduzco todo esto a un simple suéter de botones.
Quizá algún día tenga uno parecido, pero no igual.
Raúl Ruiz G. 08 / 11 / 25
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Suéter de botones Era como si lo supiera todo. Tenía una maestría al…