Tantas discusiones sin sentido,
tantas veces queriéndonos separar...
Y pensamos qué haríamos
el uno sin el otro.
Y ahora parada frente a mí,
llorando.
Y yo frío.
Sin abrazos.
Sin poder decirte nada.
Cuando hace unos días,
en nuestro aniversario de noviazgo,
te propuse matrimonio.
Una simple pelea
por una estupidez:
de quién va o no a la boda.
Vos en tu posición,
yo en la mía.
Vos enojada, gritando,
diciendo que no me querías ver más.
Yo,
con una botella de Cabernet encima
para quitar el estrés de mi trabajo,
me fui dando un portazo.
Vos te pusiste a lavar los platos
después de la cena que no terminamos.
Caminé unos veinte minutos para tranquilizarme.
Me reí.
Di media vuelta hacia casa,
directo a pedirte perdón.
En el camino corté cuatro rosas
y dos jazmines;
sé que te gustan.
Toqué mis bolsillos buscando el celular,
el cual quedó sobre la mesa.
Te iba a escribir "perdoname, te amo".
Iba pensando mil maneras de remendar la situación
cuando escuché una voz en la nada
preguntando si tenía un cigarrillo.
Una silueta salió detrás de un árbol.
No pude ver su rostro.
Él, nervioso,
pidiéndome todo lo que traía encima,
golpeando mi rostro con ese metal frío
mientras hurgaba en mis bolsillos.
Mi pecho ardió.
La camisa que te gustaba se tiñó de rojo
y yo no pude decirte una vez más que te amo.
Y hoy...
vos bañando esa tapa de pino con tus lágrimas.
Y yo sin poder decirte una última vez
que te amo.
R