A

Te he mentido.

Te he mentido.

Te mentí cuando dije que no me acordaba de tu número de memoria. Lo recitaba en la oscuridad de mi cuarto como quien reza un rosario que ya no cree. Lo sabía de memoria, Marcos. Literalmente.

Te mentí cuando dije que estaba bien. Que la distancia no me dolía. Que me había acostumbrado a no recibir tus mensajes los domingos por la mañana, cuando el silencio de mi casa pesaba tanto que parecía que alguien había muerto. Nadie había muerto, solo tú te habías ido. Y yo me quedé aquí, inventando excusas para no llamarte.

Te mentí cuando dije que no guardaba nada tuyo. En el cajón de abajo, el que no abro, hay una camiseta que huele a ti solo en mi imaginación. Ya no huele a nada, Marcos. Hace años que no huele a nada. Pero yo la abro de vez en cuando y respiro profundo, como si pudiera inventar tu olor con la fuerza de mi voluntad. Es ridículo. Lo sé. Pero no te lo dije porque quería que pensaras que era fuerte, que había seguido adelante, que no me quedé en el pasillo de tu casa el día que te fuiste, esperando que cambiaras de opinión.

Te mentí cuando dije que te había perdonado. No te he perdonado. No sé si alguna vez lo haré. Pero tampoco te lo he dicho porque perdonarte significaría dejarte ir del todo, y hay noches en las que todavía necesito odiarte un poco para sentir que existes. Que existimos. Que lo nuestro no fue un error de cálculo, una anécdota que contar con una risa amarga en las cenas de Navidad.

Te mentí cuando dije que no te quería. Te quería tanto que me asustaba. Te quería tanto que aprendí a mentir para protegerte de mi propia intensidad. Porque tú siempre fuiste de los que se asustan con el amor que no cabe en los cajones, con los sentimientos que no se pueden doblar ordenadamente. Y yo te quería con desorden, con urgencia, con una necesidad que me avergonzaba. Así que te mentí. Te dije que era algo casual, que no me importaba, que podías irte cuando quisieras. Y te fuiste. Claro que te fuiste. Te di permiso.

La verdad es que todavía pienso en ti cuando escucho ciertas canciones. La verdad es que hay días en los que escribo tu nombre en el buscador de redes sociales y borro rápido, como quien esconde un cuchillo. La verdad es que a veces camino por las calles donde solíamos andar y espero encontrarte, y a la vez rezo para no hacerlo. La verdad es que nunca supe cómo quererte sin lastimarte, ni cómo dejarte sin romperme.

No te escribo para que vuelvas. No te escribo para que sientas pena, ni para que me pidas perdón. Te escribo porque estas mentiras me pesan. Porque llevo años cargando con ellas y ya no sé dónde dejarlas. Porque tal vez, si te las digo, dejarán de ser mías solas. Y porque, al final, la única verdad que no te mentí es que nunca dejé de quererte. Solo aprendí a callarlo. A esconderlo. A hacer como si no estuviera.

Pero está. Está aquí, en esta carta que no sé si enviaré. Está en cada mentira que te conté para salvarte de mi amor, y en cada verdad que me guardé para salvarte de mi dolor.

Te he mentido, Marcos.

Pero esta vez, no.