That's life.
El viento acaricia mi rostro con suavidad, mientras la música retumba en mis oídos con tal intensidad que amenaza con ensordecerme. Cierro los ojos por un instante y, al abrirlos de nuevo, me encuentro contemplando el infinito: un cielo plagado de estrellas que brillan sobre la carretera infinita.
Estoy aquí, en la parte trasera, observando cómo ellos —mis padres y mis hermanas— viven en su propia burbuja, ajenos a todo, charlando animosamente sobre trivialidades. Yo, en cambio, permanezco en silencio, perdida en la inmensidad del firmamento.
Nunca he sido de aquellas que encuentran refugio en la familia. Al contrario, cada vez que intentan acercarse o hurgar en mi vida, yo me alejo, levanto un muro invisible. Es una sensación extraña: sentirse una completa extraña en el seno de tu propia sangre. Pero ya no me duele.
Y es que está bien. ¿Cómo podría permitirles conocer la versión de mí misma que me costó tanto construir, si fueron ellos quienes se encargaron de destruirme durante años? Esa parte de mí se ganó con lágrimas y esfuerzo, y ya no pertenece a quienes no supieron valorarme.
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