V

Mi vida dejó de ser mía

cuando tus ojos se perdieron entre la gente.

El tiempo de ese “nosotros”

se quedó esperando el momento justo,

un momento que nunca llegó.

Tener que soñarte para que me ames

es una penitencia;

la misma cruz que cargo sobre mis hombros,

no por culpa,

sino por recuerdo.

Una cruz que no me condena,

pero tampoco me suelta,

que aparece en las noches

cuando el silencio pronuncia tu nombre.