"Un día cualquiera (que no lo fue)"
Hoy salí de casa muy temprano,
con un beso, un abrazo
y la bendición de mi mamá
todavía tibia en la frente.
Caminé alejándome de ella
sin saber
que el día ya me estaba cambiando.
Llegué al trabajo,
abrí la oficina,
ordené el caos,
limpié lo visible…
y algo en mí
también empezaba a acomodarse.
No sé en qué momento
dejé de hacerlo por rutina
y empecé a hacerlo
con una calma distinta,
como si por primera vez
me estuviera habitando.
Mi jefe llegó,
un saludo simple,
una noticia pequeña:
era cumpleaños de la contadora.
No hubo fiesta,
no hubo ruido,
pero hubo presencia,
y a veces eso basta
para que alguien no se sienta solo.
Salimos,
diligencias, calles,
caras conocidas
y otras que solo pasan—
y entendí que la vida
también se construye
con esos encuentros breves.
Almorzamos sin prisa,
como si el tiempo
nos diera permiso de existir.
Pero la tarde
no vino ligera.
Una audiencia,
miradas tensas,
resultados que no alivian,
y ese silencio incómodo
cuando las cosas
no salen como esperas.
Aun así,
nos aferramos a algo invisible:
la justicia,
la verdad,
la fe terca
de que todo encuentra su lugar.
El día empezó a caer
como caen las certezas.
Cerramos temprano,
no porque todo estuviera resuelto,
sino porque ya no quedaba más
que aceptar.
Caminé de regreso,
pensando en tareas,
en estudios,
en lo que sigue…
y entendí,
mientras la noche me alcanzaba,
que no fue un día cualquiera.
Fue uno de esos días
que no hacen ruido,
pero te cambian por dentro
sin pedir permiso.
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