un sueño que me llevo para siempre al desveló
Aquella noche donde mis penas llevadas de un reproche hizo que mi imaginación volara y te voy a contar lo que soñé; una historia marcada por lágrimas y desilusiones, escribí este relato por el cual me trasnoche.
Cansado de la violencia de mi barrio, de los huecos llenos de barro y de los niños que cambiaron libros para volverse sicarios —inducidos por políticos que prometieron pero nada brindaron—, tuve una visión. En esa bella noche de imaginación vi ángeles en vez de demonios. Era una realidad mixta: negros y blancos no eran juzgados por su color; no existían los bandos de capitales y comunistas.
Universidades gratuitas, oportunidades infinitas, guerras extintas... la Tierra era distinta. Todos creían en un solo Dios. Estaba muerto, no me podía mover; estaba en el mundo con el que un día soñé.
Allí, el consumidor no es consumido. El dinero no vale más que lo vivido. No hay crucifijos, y llegar a fin de mes no es un sacrificio. Hay edificios en mi barrio y los huecos están tapados. El físico no inventó lo nuclear; el ladrón no mata al joven de veinte y pico. El petróleo ya no es un deseo; la vida importa más que eso. Los niños calmaron su hambre, los muertos regresaron del infierno para darle a sus seres un beso. El ratón dejó de cazar porque para todos hay queso. La conciencia llegó al preso y ya no hay caras raras en los billetes impresos y lo de una vida no vale lo de un par de pesos.
Pregunté: —¿No hay gente mala?
Me respondieron: —Dejaron de serlo cuando el poder dejó de dar fama.
Ya nadie viola a damas y esa niña descansa tranquila en su cama. No existe el karma porque hay calma; la contaminación no es amenaza, ni hay minerales que quiten almas.
—¿Este es el paraíso? —insistí.
Me respondieron que no, que así debería ser el mundo, pero la codicia ese sueño nos quitó. Le di la vuelta al Ecuador y ninguno temía por su futuro, pues el futuro empezaba desde hoy. Las preguntas inundaban mi mente, impotente por no poder permanecer en ese mundo diferente. Las armas ya no tenían patente y la salud cubría a cualquier paciente. Dije: "Ojalá esto fuera para siempre".
Entonces desperté. Vi transcurrir mi vida hasta volverme de nuevo un pequeño. Le di vueltas a la cama y me golpeé con el suelo. La oscuridad apagó aquel destello y volví a la realidad donde el infierno está en la tierra que conocemos.
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