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Una cicatriz

Una cicatriz

Las cicatrices son el terreno

donde no puedo permitirme

una mentira más.

Es una inteligencia silenciosa

que cargamos sobre el cuerpo;

un lenguaje que el pensamiento

jamás alcanzará a comprender.

Miramos las marcas con la vergüenza

de quien se sabe roto, quebrado,

olvidando que son, en realidad,

una victoria biográfica

que nos acompañara hasta el final.

Ellas no solo guardan el ardor del impacto

o el dolor de la herida abierta;

custodian la ruta exacta, el descuido,

el contexto que nos trajo hasta aquí.

Aunque me distraiga

con esa ingenua esperanza de confiar

en quien no se ha ganado el lugar,

la cicatriz es el dato del aprendizaje

que ya no depende de mí voluntad.

Están ahí:

listas, formadas, impresas.

Son el recordatorio de que mi paz no tiene costo.

No están para decir que fui débil,

sino para asegurar

que ahora soy más difícil y terco de romper.

Miro mis marcas con respeto,

como quien mira a un viejo sensei.

Porque la cicatriz no es solo una marca en la piel;

es la memoria que mantiene las pupilas despiertas,

la advertencia que avisa antes del choque,

el vigilante que hace guardia

ante mi propia vulnerabilidad.

Es un regalo de la supervivencia.

Un límite.

La línea final.

Las notas de Tachi