Vasta noche
Vasta noche, bajo tu lienzo negro,
sueño con la paz de Dios,
mientras planto la angustia
como un cedro:
la planta que nadie vio.
Mi paz apenas
se contrae con la luz del día,
como el ojo de un gato.
Quisiera ser el barco
que se burla del diluvio,
o también el arco
de David y Jonatán.
Pero, a cada rato,
soy un aluvio.
Quiero sentarme lejos,
en el suelo, como un niño africano;
echar la siesta en un catre de varas,
asar en la brasa un banano.
Siento envidia de la piedra del río.
Quiero
andar descalzo en tierra seca
y vivir el sueño del niño rico.
A él no lo dejan, porque peca.
Y nos enseñan que el niño africano
es un pecador,
por su amplia sonrisa
y porque pisa el suelo.
Mas, si así fuera,
mil veces comería esa fruta prohibida
y alargaría mi mano
al árbol de la vida.
Porque prefiero
tener los talones empolvados de alegría
a tener los dedos
calzados de tristezas.
Vasta noche, aún sigo aquí,
soñando con la paz de Dios,
con el arco de David
y el niño africano.
Cúbreme con tu manto negro
y consuela al niño rico
con tu mano.