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XVII. Éramos nosotros

XVII. Éramos nosotros
Los primeros rayos de luz de la aurora comenzaban a abrirse paso entre las rendijas de la persiana. El fulgor y la sensación de calidez del momento eran infinitos, casi idílicos. Incorporé mi relajada espalda en el cabecero de la cama y estiré mis brazos al aire, obteniendo como resultado un satisfactorio regocijo de felicidad que llenó mis pulmones. Mis ojos se abrieron lentamente, casi como si todavía siguieran en aquel sueño tan lúcido que sobrepasaba mi pensamiento segundos atrás. Dirigí mi mirada hacia el costado de la cama. Allí estaba él, tumbado bocabajo con una expresión placentera y somnolienta aún en un profundo sueño que parecía eterno. Unos reflejos de luz anaranjados ondeaban su pelo alborotado y tenía una de sus piernas atrapadas en un velo de sábanas blancas, que me parecieron darle un aspecto muy gracioso. 
Puse los pies sobre la moqueta con cuidado de no hacer ruido, y me coloqué unos calcetines que estaban desperdigados por el suelo de la noche anterior. Tenía la manía de siempre ponerme primero el calcetín derecho y luego el izquierdo, un mera superstición absurda. Rápidamente, me puse un bañador, cogí una toalla, unas chancletas viejas y puse rumbo a la playa. Aquel día me recorría una ansia indescriptible por ver el amanecer sentado frente a la orilla, mientras las olas me susurraran al oído y el horizonte ondulante e imponente se aferrara ante mis ojos.

Había tan solo un par de minutos desde nuestra casa hasta la playa, y solía ser un plan recurrente durante aquellas madrugadas de septiembre. Una vez llegué, respiré hondo, lo más que pude. Ese sitio era paz, era mi sitio. La escena que tenía me produjo una calma insaciable, un estado de tranquilidad que sabía que no duraría mucho, pero que debía aprovecharlo. Recorrió entonces por mi cuerpo una mano familiar. Me abrazó por detrás y me recosté sobre su regazo sin dudar quién era. Seguramente me habría escuchado levantarme. 
Volví a respirar hondo y crucé mi mirada con sus ojos aguados. Lentamente, nuestras manos encontraron su destino juntas, y percibí su calidez corporal inundando mi cuerpo. Allí, con el horizonte a nuestros pies, observamos la espuma de las olas romper y retroceder en un vaivén inexplicablemente hermoso. En ese instante de placer intenso, fui consciente por primera vez de que tal vez aquel sitio no fuera solamente mío. Aquel sitio era nuestro. Aquel momento atemporal nos pertenecería a nosotros para siempre. Aquella estampa era nuestro legado, nuestra seña. Aquellos éramos nosotros.